Soul in Brooklyn

Te metes en la cama, después de un largo y cansado día. Por fin, estás dentro de tu fortaleza, ese lugar donde las palabras son inaudibles y el silencio es la más bella sinfonía que escuchas. A tu alrededor, tan solo encuentras el color rosa de las sábanas, suspiras aliviada. Te aferras a la almohada como si no existieran los límites entre ambas, cierras los ojos y caes rendida.
De repente, escuchas las teclas de un piano, en un vaivén de melodías que te envuelven y te hechizan. Abres lo ojos, y todo es diferente. No son tus sábanas, no es tu cama, ni siquiera es tu habitación. Te levantas, mareada y confundida, y caminas hacia el exterior de la habitación. Tras girar el pomo de la puerta, el piano ya no suena. Recorres una a una sus teclas, y observas la caja cerrada. Sobre éste, una bola de cristal y los Arcanos esparcidos. Acaricias la madera barnizada, hasta rozar con la yema de tus dedos la primera carta, algo desgastada y rugosa. No consigues entender, esas cartas... Los Arcanos se hallaban bajo protección como pruebas de un caso, que aún no tiene un culpable.
Sientes como unas manos te rodean la cintura, te sobresaltas, ni siquiera puedes mirar quien te atrae sobre él. Pero aún así, no quieres escapar, te inspira cierta confianza. Esa que perdiste hace tiempo. Sus manos, cubiertas de sangre, manchan tu camiseta de los Wizards. Entonces comprendes, te deshaces de él y lo miras asustada, buscando tu arma en algún lugar de la habitación. Ambos la divisáis en la misma vez, corréis, pero eres más rápida. Alzas tus manos, Walther P-99 en ellas, y le apuntas.
-¿Por qué tus manos están ensangrentadas?-le desafías con la mirada, envalentonada, mientras jadeas buscando respiración.
-Lo he hecho, por fin-sonríe de medio lado, dejándose apoyar en la pared-. Ya no va a volver, así aprenderás a amarme solo a mí. Solo tú y yo.
Tu corazón frena en seco, pidiendo una explicación, o más bien reclamándola. Comienza a latir lo más fuerte posible, y cuando quieres darte cuenta estás temblando. Intentas pensar en otro sentido que darle a sus palabras, pero sabes perfectamente lo que ha hecho.
-¡Lárgate!-gritas, sacudiendo la cabeza-¡Lárgate o dispararé!
Se incorpora, caminando lentamente hacia ti, aún sonríe. Se para a tu lado, cerca de tu oído, y habla lo suficiente bajo como para que solo tú escuches sus palabras.
-Deberías haber escuchado como gritaba tu nombre-entona, antes de seguir caminando al exterior de la casa.
Tus brazos fallan, tus manos dejan caer el arma al suelo, tu cuerpo no responde. Sientes que el peso es superior a ti y doblas las rodillas, ajenas a ti, cayendo al suelo. Te derrumbas, no tienes fuerzas para respirar. Una lágrima recorre dibujando un camino por tu mejilla. Comienzas a llorar, la impotencia te supera. Solo puedes gritar, hasta que tu voz comienza a apagarse, y no puedes más. La bola de cristal cae al suelo, rompiéndose en mil pedazos, como si hubiese explotado por la presión. Quieres cerrar los ojos, y lo haces fuerte, muy fuerte. Solo quieres despertar de esa pesadilla.
Cuando abres de nuevo los ojos, miras a tu alrededor. Vuelves a estar, de nuevo, en tu habitación. Estás sudando, pero hace frío, mucho frío. Te destapas, y vas al baño. Te lavas la cara y te miras al espejo, tranquila... Solo ha sido una pesadilla, respira. Vuelves a la cama, y buscas el móvil en plena oscuridad. Cuando das con él, tecleas el número de Jack. Te lo sabes de memoria, esta última semana lo has llamado más que a nadie. Su móvil da señal, suspiras tranquila, dejándote caer sobre la almohada, pero olvidas colgar.
-¿María?-suena su voz, al otro lado del altavoz.
-Lo siento, ¿te he despertado?-susurras, para que tus padres no te oigan.
-Sí, pero no importa-notas como sus labios se van tornando en una leve sonrisa.


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