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A veces la distancia se interpone ante las personas que quisieras tener cerca. A veces son solo metros, otras veces (quizás las peores) son miles de kilómetros. Sentimientos a flor de piel, que te erizan el vello. Escalofríos que te recorren cada centímetro de tu cuerpo. Y, es que, no puedo evitar despertar cada mañana y ver que no está conmigo. Depender cada día más de un aparato con el que podré mandarle un simple “te quiero”. Pero cuando lo recibo de su parte, todo es diferente. Con una pizca de arena hago la montaña, y entonces cambia. Me desespero cuando no está, cuando lo único que puedo hacer es twittear como me siento en ese momento, y esperar… Esperar a que la distancia se haga un poco más corta. Escribo con las yemas de mis dedos, lo que con los labios no puedo decirle. Y, sí, claro; esto es una maldita locura que me envuelve. Que se convierte en algo esencial. Yo no creo en el amor, ni creo en la amistad, pero hay personas que se hacen de querer fácilmente. Que se hacen especiales para ti. Me pregunto si siente lo mismo. La misma desesperación cuando no estoy, o cuando al abrir la maldita pantalla no encuentra alguna petición (a full) mía. Ya no siento miedo a lo que pueda provocarme, me he terminado por acostumbrar. Pero no puedo acostumbrarme a buscarle entre la gente, y no ver una sonrisa, o una mirada perdida buscándome.
Quizás todo sería diferente si no hubiera tantos kilómetros, ni tantas dificultades. No tendría tantas ansias de volver del instituto, ni de volver de la calle. No querer perder el tiempo con tonterías, solo decirle lo que quiero, lo que siento. Pero es complicado, no es como bajar al portal y saber que estará allí esperando. No, es distinto. Pero todo se puede superar, aunque creas que no. Si algo de esto te sucede, solo debes decir lo que sientes. Suelta todo lo que llevas dentro, y díselo. Es así de sencillo. Yo sé que, algún día estará aquí conmigo.
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