Soul in Brooklyn

Habíais quedado con unos amigos para salir. Media hora antes, él andaba como loco en busca de algo. Preguntaste, necesitaba su camisa azul, ésa que habías olvidado lavar. Sonreíste, levemente, diciendo que olvidaste lavarla, pero a no le hizo ninguna gracia. Se enfadó y comenzó a gritarte, no lo entendías. “ Ponte otra ”, dijiste en mal momento. Discutisteis por algo que, a tu parecer, era una tontería. No te permitió salir de casa, reíste pensando que era una broma. Comprobaste que no cuando cogió tus llaves y cerró la puerta. Te quedaste allí parada, con la carita descompuesta y sin saber que hacer. Te sentaste a ver la televisión, y a la hora del suceso lo llamaste. Colgaba cada una de tus llamadas, sin recibir respuesta. Tenías miedo de que se enfadase contigo, tú lo querías, y no tenías intención de pelearos por una camisa. Tumbada en el sofá, fuiste cerrando los ojos, hasta quedar completamente dormida. Ya, cansada de esperarle.
Un quisquillen de llaves, te hizo despertar. Éstas cayeron contra el felpudo. Tras otro quisquillen de llaves, la puerta se abrió, dejando entrar un fino hilo de luz del pasillo. Él caminaba lento, intentando no hacer ruido, cuando hubo estado en el interior de casa. “ ¿Cariño? ”, preguntaste al aire, encendiendo la luz. Y, entonces lo viste. Estaba parado a escasos metros de ti, en un estado lamentable. Su chaqueta estaba destrozada, los botones de la camisa descosidos y el labio partido. Te acercaste a él, le preguntaste que le había pasado e intentaste rozar su labio. Él se apartó y te dijo que lo dejaras. Un olor a colonia barata te inundó los pulmones, en su cuello una marca que no era tuya. Le pediste explicaciones, él solo negaba. Tú reprochabas, él alzaba su voz. A ti no te importaba, él ya gritaba. Cuando quisiste darte cuenta, estabas llorando. Él estaba borracho, te ignoraba. Caminó hacia vuestra habitación, pero tú no habías terminado, necesitabas saber qué había sucedido. Le tomaste por el brazo, para que se girase. Solo conseguiste enfurecerle más. Sentiste en la mejilla la quemazón de su bofetada, el dolor en el brazo tras colisionar contra la pared. Te quedaste perpleja, buscando explicación alguna, cosa que no hallaste. Su respiración se agitaba, tu cabeza daba vueltas. Volvió a gritar, dando por finalizada la discusión, y cerró en tus narices de un portazo vuestra habitación.


¿De veras merece la pena?

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