
Pasan los días y, a penas, me entero. Quizás ya lo tenga por rutina; esperar a que me duerma, esperar a despertar. No lo veo como algo malo, siempre que esa espera tenga algún tipo de premio final. Últimamente solo me centro en ello, y he olvidado que hay cosas que debo callar. No tiene nada que ver, pero cuando cuidas algo demasiado, también hay algo que das de lado. Y, por ello, me agobio, me frustro y no debo dejarme llevar. Necesito mantener mi cabeza alerta y ocupada cuando no estás, porque estoy sola y pienso en mil cosas, que no debería de pensar. Algunas veces, decido perderme entre las calles de mi ciudad. Otras, me dejo llevar por la magia de mi libro favorito. O, simplemente, me quedo con la música corriendo entre los cascos... Esperando algún tweet tuyo que me diga algo. He olvidado, incluso, como es salir de casa con tus amigos, tomar un café, unas cervezas, o echar un futbolín tras un billar, que otro. Pero es que, cada vez que salgo la lío, de una manera u otra. Cuando menos me lo espero (... ¡ZÁS!) estoy metida en algún problema, sin comerlo o beberlo. Casi que prefiero estar en casa, con la espalda apoyada en el radiador, los cascos, un libro y un buen café; esperando, una vez más.
No sé como decir que no quiero nada más. Que quiero que llegue ese día, en ese instante. Oh, dios, ¿cuántas veces habré imaginado ese día y lo que desencadenará? Todas las veces de la misma forma. Mi imaginación está rayada, y exige que imagine algo más, pero no quiero restar importancia a ese segundo que será mítico y que siempre recordaré.