Soul in Brooklyn

  Tan solo hace un par de horas que llevo durmiendo, aunque bueno, no lo sé con exactitud. Mi móvil comienza a sonar. Mmm... ¿Deberas ya son las siete? ¿Ya es hora de prepararse para ir a clase? No, por favor... Pienso, solo por un segundo. Aún es Navidad, todavía no son las clases. Y, esa no es la alarma de mi móvil. Casi caigo, en un estúpido intento por atrapar la blackberry.
 Buenos días, princesa — su voz suena al otro lado del altavoz, habla despacio pues es como hay que hablarme cuando se me despierta. Él lo sabe, y siento como esboza una sonrisa. , teóricamente, aún no es de día, pero da igual.
 Aún es de noche... — susurro, procurando prestar atención.
 Son las cinco de la mañana. — ríe, pero no muy alto. Aún tengo sueño, y me duele la cabeza.
 ¿En serio? — mi voz se eleva, levemente, lo suficientemente alto para que él lo note, y mis padres no lo escuchen.
 Sí, pero eso ahora no importa — continúa lentamente. . Vístete, no cojas nada. Solo la baby — es gracioso como llama a mi blackberry. Siempre dice baby con ese acento andaluz que le ha dado mi tierra, tan suave, con un tono dulce repleto de arte. . Te espero en tu portal.
  La llamada finaliza. Sonrío, aún con el teléfono sobre mi oído. Odio cuando me despierta a estas horas, pero me encanta, porque siempre es para darme alguna sorpresa, cometer alguna locura. Me levanto, a duras penas, y busco en lo que parece ser mi armario. Algo de ropa, y unos botines. Blackberry en mano, giro suavemente el pomo de la puerta. Los mayores aún duermen, y solo me quiero escapar. Camino de puntillas, sin hacer ruido y salgo de casa. Bajo las escaleras corriendo, como si se me fuese la vida en ello y me deslizo hasta la puerta con una sonrisa. Él espera contra la pared, con la chulería que le caracteriza, apartando las Ray Ban Aviator de su mirada.
 ¿Quién te crees con esa chulería? — le vacilo, acompañado de un pequeño empujón.
 Ya, cállate, y vámonos. — se ríe, tirando de mi mano, hasta alcanzar su coche.
 ¿Dónde me llevas? — lo miro seriamente, mientras que arranca el motor.
 Aún no te lo puedo decir, tú misma lo verás. — ya, casi, hemos salido de mi barrio en dirección a la autovía.
 Mientras tanto, me preocupo por conectar la blackberry a su odioso bluetooth, del coche. Hasta que lo consigo, pasan cinco minutos. Conecto la música, ahora en todo el coche suena Juan Magan. A él le repatea, pero es que a mi me encanta. Lo miro por un momento y le sonrío, dejando una caricia sobre su mano. Cuando estoy triste, siempre me sorprende con cualquier locura, pero confío en él y eso es lo que me preocupa. A mitad del camino, cuando pasamos Salobreña y Almuñecar, me hace taparme los ojos.
 ¿Por qué tengo que taparme los ojos? — preguntó, aún con algo de sueño.
 ¿Tienes que preguntar acerca de todo? — resopla, rodando la mirada.
 Si. O no. ¿Supongo? — mi problema es que me encanta desesperarlo, es gracioso... Demasiado.
 Él no dice nada, simplemente devuelve la mirada hacia la carretea y se concentra en no lanzar el coche por algún precipicio. Suelto una risotada, al ver su cara, tapándome los ojos. Las ventanas están bajadas y, a medida que alcanzamos nuestro destino, el olor a sal aumenta. Eso me hace sonreír, recuerdo cuando de pequeñita bajaba a la playa y me quedaba allí durante horas. Lo echo de menos, y he de conformarme con bajar un par de veces en verano. Ya hemos llegado, lo sé porque el coche va cada vez más despacio. Un par de minutos más, para encontrarnos con el motor apagado. Baja del coche y cierra la puerta, camina hacia mi lado, ayudándome a salir.
 Aún no te destapes los ojos. — cierra el coche, y caminamos a lo largo de un gran paseo. Hace calor, demasiado para ser a penas las siete de la mañana. Llegamos a una barandilla, me apoyo e inspiro la brisa.
 Málaga... — libero un pequeño suspiro, mientras me libera la mirada.
 Pequeña tramposa. — se ríe a carcajadas.
 Delante de mí, el mejor amanecer que haya podido ver en mucho tiempo. Las gaviotas están despertando. La playa, o el mar, la orilla con sus chiringuitos y pescadores. Me encanta, lo miro y sonrío, ampliamente. Hay muy poca gente, tan solo los capaces de levantarse a esa hora para ver semejante estampa. En su mayoría, turistas.
 Vamos a desayunar algo. — camina hacia una cafetería, que hay cerca, la única que está abierta a estas horas.

 Un café solo con hielo, y media de mantequilla con mermelada. Cuando ya ha amanecido, buscamos una tienda de souvenirs para comprar unas chanclas, es lo suyo para caminar por la playa. Aún no lo puedo creer, hace un rato estaba pendiente de acaparar las sábanas y ahora estoy en Nerja. Que locura. Tras bajar un par de escalones, mis pies se liberan y caminan sobre la arena, dirección a las olas. Le salpico un poco de agua, y él echa a correr detrás mío. Pero no soy fácil de atrapar, y al cazador se convierte en presa.

Categories:

Leave a Reply