Soul in Brooklyn




Una mañana desperté y supe que a partir de ahí nada sería igual. Giré mi cuerpo sobre el colchón, que me había dado cobijo estos últimos años, y sobre éste se hallaba la mente soñolienta de Jack. Aparté un mechón de esa corta melena que me encantaba, para ver su sonrisa dormida. Besé sus labios suavemente, pero no reaccionó puesto que la noche anterior habíamos bebido demasiado, y ahora dormía como un niño que había pasado todo el día jugando y que tras una ducha de agua templada caía rendido. Me senté al borde de la cama, mirando hacia el suelo, observando como se producía un gran abismo desde el espacio entre mis pies al suelo. Resoplé cerrando los ojos y me levanté, para caminar hasta el armario y coger mi vieja camiseta de Tote King. Bajé a la cocina, necesitaba más que nunca un café, pero lo calenté demasiado en el microondas y eso era inbebible. Ya estaba de mala ostia por el resto de día, aunque quise tomármelo con calma. Sentí unos brazos rodearme la cintura, y me embriagué con ese aroma a la colonia de Tommy Hilfiger que en tantas citas me había hechizado.
-Buenos días, bebé.-Entonaste en mi oído. Cada palabra tuya me hacía temblar, pero no en el buen sentido.
-Me voy.-Me volteé hasta alcanzar tus ojos, inclinando levemente el cuello. Mis pupilas conectaron con tus pupilas, esbozaste una sonrisa y dejaste en mi mejilla una pequeña caricia.
-Te acompaño.-Creíste que hablaba de salir a dar una vuelta, de echar fotos. Pero no era así.
-No, Jack, me voy-Repetí-. En poco cumpliré los dieciocho años, quiero ver los lugares más bellos y capturarlos en una fotografía. Tú quieres formar una familia, lo antes posible. No quiero ataduras, no creo en el compromiso. Yo... No sirvo para esto. Lo siento.
Me deshice de tus brazos, que quedaron muertos a ambos lados de tu cuerpo. Tus ojos me seguían, observaban como caminaba descalza sobre el parquét hacia la que dejo de ser nuestra habitación. En una maleta metí la poca ropa que tenía en tu casa, el neceser y la cámara. Terminé de vestirme, o hice un intento de ello, y fui hacia la puerta con las Ray Bans cubriéndome los ojos, yo miraba al suelo.
-¿Eso es todo?-Preguntaste al aire, la expresión de tu cara hablaba por sí sola, estabas reprimiendo las lágrimas porque los hombres no lloran, según tú-Te levantas una mañana y, sin venir a caso, ¿te vas?
No respondí, no podía. Tenías razón, todo esto no venía a cuento. Yo me había levantado una mañana y había decidido ser libre, no era tan raro. Nunca me gustaron los compromisos, el sentirme atada, aún me quedaban unos meses de adolescencia y quería disfrutarlos. Pero tú no querías verlo de esa forma y yo no quería pararme a explicártelo, cuanto antes terminase mejor. Alcé la mirada, dejando las llaves de la que dejó de ser mi casa sobre le cuenco azul de la entrada.
-Adiós.-Fue lo último que me escuchaste decir, antes de desaparecer de tu vida y de veras que lo siento, pero ese no iba a ser mi futuro.
El autobús me esperaba, de vuelta a casa, los cascos entonaban alguna canción de Bruno Mars que no recuerdo, y mi móvil pedía a gritos un chute de electricidad. Miré por la ventana alejarme de un barrio que está tachado en mi mapa, un lugar de mi ciudad por el que no me perderé más. Estaba decaida y, aunque no fue lo más correcto, esa noche salí a tomar una cerveza tras otra. Las Budweisers' se deslizaban por la barra cuando alzaba un dedo hacia el camarero, fue una tras otra, y otra, y otra, hasta que mi cuerpo dijo: "Basta, María, vete a casa".

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