Pasan los meses, uno tras otro. Las estaciones cambian, ya
no hace frío. La cálida primavera me provoca tener los sentimientos a flor de
piel. Y ahí estoy yo, sentada en ese banco de madera, con vistas a una pared
prendada en la belleza del galán de noche. Estoy fumando un cigarro, Marlboro,
he terminado por acostumbrarme a su suave sabor. Tengo el pulso acelerado y un
ligero tic nervioso en la mano derecha. Los nudillos en carne viva y mis
mejillas bañadas en lágrimas. ¿Cuántos meses han pasado? ¿Cuántos meses quedan?
He cambiado. Mis padres, mis amigos, lo han notado, pero no quiero admitirlo.
Aún tirada en ese banco, con una vieja camiseta rociada con tu colonia, con el
maquillaje corrido, un cigarro y una botella del Ron más caro; yo sigo siendo
la chica feliz que saltaba por la calle y cantaba mil canciones. Y qué más da
mi estado, borracha o estable, ya no me queda ni una pizca de positivismo.
Tengo el alma rasgada, arañada, desencajada de su rincón.
No sé dónde estás. No sé cómo estás. No sé con quién estás.
Y sé que algún día vas a volver, o al menos me engaño pensando en ello. Te he
sido fiel cada segundo, de cada minuto, de cada hora, de cada día, de cada
semana de estos últimos meses. Confío ciegamente en ti, desde el instante en
que te conocí a la salida de aquel pub, pero te echo de menos y no sé que tomar
para que esto no duela tanto. Cuando me preguntaste si te esperaría, no contaba
con despertarme una mañana y ver que no estabas. Me escuecen las heridas que
provoca el paso del tiempo, y todo está bien. O eso creo.
Siempre he sido una causa perdida, me gusta complicarme la
vida y llevar la contraria. Tú eres igual, y eso me enamoró de ti. Tu locura
tan especial, tu voluntad y fuerza para luchar contra el mundo, gritando a los
cuatro vientos tu filosofía. Me enamoré de tu chulesca sonrisa, de tu pinta de
soldado contra el mundo. Y me enamoré de tu forma de hacerme callar, de tu mal
genio y de tus paranoias. Yo no buscaba un príncipe, y tú no buscabas una
princesa. No vivimos en cuentos, los psicópatas somos más de jugar en
callejones oscuros donde habitan las ratas. Morir entre besos, mordiscos y
arañazos en el asiento trasero de un viejo coche americano.
En fin, no hablemos de ello. Hablemos de que a pesar que ya
hace calor, yo sigo helada entre las sábanas, bajo el edredón que adorna la
cama. Busco en la penumbra del colchón tus manos, tu cuerpo, para calentarme.
Como si el verano residiese en tu piel, y el invierno en la mia.
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