Hace tiempo soñé que mi anatomía se transformaba. Era una de
esas tormentosas noches de otoño, casi de madrugada. Las cortinas estaban
cerradas y la persiana echada. Nunca me gustaron los truenos surcando el cielo
con su sonido ensordecedor, y esos rayos imponiéndose sobre la ciudad. Cerré
los ojos muy fuerte, buscando algún recuerdo o un punto en blanco en el que
concentrarme. Me quedé profundamente dormida, pero la tormenta me volvió a
despertar. Caí al suelo y sentí, en cada uno de mis huesos, un profundo dolor
tras chocar contra el pedregoso suelo. Un gruñido salió de mi boca, y eso me
sorprendió en demasía. Me llevé las manos a la boca, eso me paralizó aún más. Las
miré, eran pequeñas y redondas, sin dedos. Eran zarpas, negras como el carbón,
cubiertas de un suave pelaje. Volví a caer, esta vez de espaldas, haciéndome un
gran daño bajo la cintura, como si me hubiese doblado algo. Me di la vuelta, y
vi una fugaz mancha girando al mismo tiempo que yo. Me encontré con una gran
cola negra. Empezaba a estar asustada. Corrí lo más rápido que pude, buscaba
alguien que pudiese ayudarme, pero no encontré a nadie. Grité muy fuerte, pero
mi garganta solo produjo un maullido. Cuando alcancé a prestar atención a lo
que estaba sucediendo, tuve que pararme a pensar. Era un gato. Uno de esos
gatos negros que dan mala suerte pero que, a mi parecer, son muy llamativos. Me
sienté sobre un bordillo mientras que, inconscientemente, movía la cola. Hacía frío,
aunque el terciopelo que cubría mi piel me resguarda. Caminaba, dando pequeños
saltitos, ahora estaba más relajada. Busqué el camino a casa, pero ni siquiera
lo recordaba. Sabía dónde estaba, pero no dónde vivía. Continué por el Paseo de
los Tristes, dirección San Nicolás. No había ni un alma por la calle, todo
estaba vacío a excepción de un pub que otro. Comencé a correr, concentrándome
en no tropezar saltando los escalones que subían hacia el mirador. Es extraño,
pero me sentía libre allí arriba. No tenía miedo, ni sentimientos hacia seres
ajenos. No me preocupaba porque el tiempo pasase, o porque se hiciese de día,
demasiado deprisa. Solo existíamos el embrujo de la alhambra y yo, un gato
negro del Albaicín.
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