Los sonidos se saturan, las paredes se resquebrajan y, ¿qué
es lo que queda? Tan solo palabras, palabras que el viento trae, y el viento se
lleva. Estoy sentada en el mismo lugar del otoño pasado. En un trono en el que
el rey brilla por su ausencia. Y, ¿qué más? O, sí, claro. Todo va a salir bien.
Las cuatro estaciones pasarán rápido, mientras que ese molesto “tic, tac” me
rompe los esquemas. Tu carta en una mano, y la botella de ron Bacardi sujetada
en la otra. Miro el agua de la piscina, crear ondas celestes sobre la
superficie, plasmándolas con luminosidad sobre las ramas de los naranjos que
planté en febrero. Y, entonces… ¡Plóf! Una estrella fugaz se hunde, tras un
leve chapoteo, hasta tocar fondo. Bonita metáfora, ¿no crees? Hace tiempo que
olvidé quién soy, y cuál es mi misión aquí. Quizás ya es hora de pegar un
puñetazo sobre el mármol, y partirlo de una vez; aunque mis nudillos crujan
hasta sentir la piel desgarrarse, y ver brotar lágrimas de sangre que mis ojos
no se dignaron a llorar.
Vuelvo a tener la ropa sucia, y la camisa rasgada por el
costado. No estoy segura del número de batallas con las que he tenido que
lidiar esta noche. He roto platos, ventanas, las fragancias más exquisitas del
mundo. He quemado fotos y también unos cigarros, mientras me entretenía en
rememorar toda mi vida. ¿Cuánto más? Oh, Jah… ¿Cuánto más? ¿Cuántos golpes en
esta perra vida me quedan por soportar? Ahora mismo, solo estoy segura de una
cosa, si mi abuelo estuviera aquí nada de esto estaría pasando; nada de esto
envolvería mi existencia como una pesadilla. Una pesadilla de esas en donde te
encuentras sola, y alguien te persigue, tus miedos. Tú solo corres hacia una
puerta al final de un pasillo, pero dicha estancia se hace cada vez más larga,
y ves la puerta cada vez más lejos. Te arden las piernas, la serotonina te
coloca. Los gemelos crujen, montándose sobre otros músculos, pero no quieres
mirar atrás. Sabes que eres capaz de llegar hasta la puerta, pues sujetas la
llave con fuerza entre tus finos dedos. Y, entonces, tan solo entonces, no
puedes más. Frenas en seco y piensas: “¿Para qué seguir huyendo?”. Caes de
rodillas, tus mejillas son testigo de las lágrimas de ácido que queman tu
rostro. Tus miedos te envuelven, como una densa masa, y se alimenta de ti.
Antes de que puedas gritar pidiendo ayuda, ellos te comen. Retiran tu piel a
tiras, muerden tus venas y beben tu sangre. Te golpean, hasta quedar medio
muerta, desangrándote. Pero ellos no paran, son los depredadores. Arrancan tus
huesos, relamiéndose los labios, como el que arranca una hoja de papel de
alguna libreta. Se apoderan de tu abdomen, arañándolo hasta dar paso a tus
vísceras. Hincan el diente, en tan delicioso manjar. Y, tú, ya ni siquiera quieres
gritar. Quieres cerrar los ojos, quieres que cese el dolor; mientras que
escuchas esos golpes sordos, que parten tus rodillas.
Abres los ojos, y te encuentras sola en la cama. Solo ha
sido una pesadilla, sí, pero otra metáfora en la que se recrea tu vida. Estás
empapada de sudor, las ventanas abiertas y el ventilador enchufado. Tienes el
corazón a mil por hora, y tu pecho asciende y desciende a una velocidad
sobrecogedora. Pero, y, ¿qué más da? Nada va cambiar.
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