Soul in Brooklyn


Los sonidos se saturan, las paredes se resquebrajan y, ¿qué es lo que queda? Tan solo palabras, palabras que el viento trae, y el viento se lleva. Estoy sentada en el mismo lugar del otoño pasado. En un trono en el que el rey brilla por su ausencia. Y, ¿qué más? O, sí, claro. Todo va a salir bien. Las cuatro estaciones pasarán rápido, mientras que ese molesto “tic, tac” me rompe los esquemas. Tu carta en una mano, y la botella de ron Bacardi sujetada en la otra. Miro el agua de la piscina, crear ondas celestes sobre la superficie, plasmándolas con luminosidad sobre las ramas de los naranjos que planté en febrero. Y, entonces… ¡Plóf! Una estrella fugaz se hunde, tras un leve chapoteo, hasta tocar fondo. Bonita metáfora, ¿no crees? Hace tiempo que olvidé quién soy, y cuál es mi misión aquí. Quizás ya es hora de pegar un puñetazo sobre el mármol, y partirlo de una vez; aunque mis nudillos crujan hasta sentir la piel desgarrarse, y ver brotar lágrimas de sangre que mis ojos no se dignaron a llorar.
Vuelvo a tener la ropa sucia, y la camisa rasgada por el costado. No estoy segura del número de batallas con las que he tenido que lidiar esta noche. He roto platos, ventanas, las fragancias más exquisitas del mundo. He quemado fotos y también unos cigarros, mientras me entretenía en rememorar toda mi vida. ¿Cuánto más? Oh, Jah… ¿Cuánto más? ¿Cuántos golpes en esta perra vida me quedan por soportar? Ahora mismo, solo estoy segura de una cosa, si mi abuelo estuviera aquí nada de esto estaría pasando; nada de esto envolvería mi existencia como una pesadilla. Una pesadilla de esas en donde te encuentras sola, y alguien te persigue, tus miedos. Tú solo corres hacia una puerta al final de un pasillo, pero dicha estancia se hace cada vez más larga, y ves la puerta cada vez más lejos. Te arden las piernas, la serotonina te coloca. Los gemelos crujen, montándose sobre otros músculos, pero no quieres mirar atrás. Sabes que eres capaz de llegar hasta la puerta, pues sujetas la llave con fuerza entre tus finos dedos. Y, entonces, tan solo entonces, no puedes más. Frenas en seco y piensas: “¿Para qué seguir huyendo?”. Caes de rodillas, tus mejillas son testigo de las lágrimas de ácido que queman tu rostro. Tus miedos te envuelven, como una densa masa, y se alimenta de ti. Antes de que puedas gritar pidiendo ayuda, ellos te comen. Retiran tu piel a tiras, muerden tus venas y beben tu sangre. Te golpean, hasta quedar medio muerta, desangrándote. Pero ellos no paran, son los depredadores. Arrancan tus huesos, relamiéndose los labios, como el que arranca una hoja de papel de alguna libreta. Se apoderan de tu abdomen, arañándolo hasta dar paso a tus vísceras. Hincan el diente, en tan delicioso manjar. Y, tú, ya ni siquiera quieres gritar. Quieres cerrar los ojos, quieres que cese el dolor; mientras que escuchas esos golpes sordos, que parten tus rodillas.

Abres los ojos, y te encuentras sola en la cama. Solo ha sido una pesadilla, sí, pero otra metáfora en la que se recrea tu vida. Estás empapada de sudor, las ventanas abiertas y el ventilador enchufado. Tienes el corazón a mil por hora, y tu pecho asciende y desciende a una velocidad sobrecogedora. Pero, y, ¿qué más da? Nada va cambiar.

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