Soul in Brooklyn




¿Lo sientes? El frío de madrugada que te obliga a apagar el ventilador, que te obliga a taparte con el edredón, que te obliga a ponerte calcetines. ¿Lo sientes? Se acaba el calor, el sol, la playa, los mojitos en las terrazas. Se guardan los tirantes y los shorts. Se acaban las vacaciones de agosto, que tan rápido han pasado. Sí, lo sé, también llegan los exámenes -que tanto odias- de Septiembre. Y… ¿sabes? Llevo un año deseando que llegue este mes. Y, no, no estoy loca, ni se me ha ido la cabeza. Vuelve mi sudadera de Michael Jordan, mis pantalones anchos y mis botines. Vuelve mi gorro de lana, refugiando mis orejas, acompañadas de los cascos. Vuelven mis tardes de lluvia tirada en la calle, con la capucha puesta y la música a todo volumen. Vuelven mis épocas de reflexiones, mis épocas de fotografiar hasta el más mínimo detalle de una secuencia, mis épocas de un café caliente y un cigarro, mis épocas de dormir más que un koala. Pero… Eso no es lo más importante. Vuelve él. Él, que puso mi mundo patas arriba. Él, que destrozó todos mis esquemas. Él, cambiándolo todo.

De unas mil historias que contar, 
de unas cuantas puertas por cerrar,
quitaré el principio del final 
y dejaré una puerta abierta.


Se coló en mi vida antes de lo previsto, antes de lo que supuse. Matándome con su sonrisa. Casi lo recuerdo como si fuera ayer… Se hizo dueño de mi tiempo un día de lluvia, tal día como hoy, donde el frío comenzaba a calarme en los huesos. Era uno de esos meses donde yo me encontraba más perdida que en toda mi vida, y él supo hacer que me ubicase. Creo que nunca habría podido imaginar que desarrollase semejante dependencia por alguien. Poco a poco, iba olvidando los -redondeando, 7000- kilómetros que nos separaban y me iba sumergiendo en mi pompa. Porque, ¿qué más daba la distancia? Sí, reconozco que al principio me lo tomaba de cachondeo, hasta que todo comenzó a tomar forma y a apoderarse de mi cabeza. Y, como una droga, yo quería más. Supo cuando sacarme mil sonrisas, cuando estaba triste. Supo darme mi espacio, cuando estaba mal. Supo calmar mi ira, cuando discutíamos. Y, supo aguantarme el resto del tiempo. Me escuchó si necesitaba hablar. Me aconsejó si no sabía que dirección escoger. Y, quedó en silencio -solo- cuando sabía que las palabras sobraban entre nosotros. Se ha ganado una confianza que yo jamás brindé a nadie, porque estuvo conmigo cuando yo más lo necesitaba. Siempre, en las buenas y en las malas.

I can't find the best in all of this,
But I'm always looking out for you.
‘Cause you're the one I miss,
and you're driving me crazy.


Tan pocas veces fueron las que pensé en mandarlo todo a la mierda. Dos o tres. Están contadas, y sé por qué. Pero luego regresaba cada instante que pasamos, y no merecía la pena. Prefería continuar en mis trece de seguir labrándome ese futuro con él. Y, creo que, no me equivoqué. Porque aquí estamos, un año después. Celebrando lo que empezó sin darnos cuenta, lo que empezó tras un juego. Así que, ¿qué más da si tengo que esperar unos meses más? El tiempo vuela, pasa rápido, fugaz. Parece que fue ayer cuando le dije, por primera vez, “te quiero”. Esperé a sentir eso de verdad, y cuando lo sentía… Simplemente, lo solté, dejándolo caer. Quizás lo he usado más de lo que debía con gente de mi alrededor, pero decírselo a él era muy diferente. Ni punto de comparación.

Mientras tanto, yo te espero en mi cama, tapada con el edredón. La música en los cascos y pendiente del móvil por si me llamas.


Categories: ,

Leave a Reply