Arrastro los pies sobre el asfalto, tal que si fuesen pesados como el plomo. Las calles, mojadas y desiertas, se ven alumbradas por las farolas. Tan sólo algún que otro coche -que pasa desapercibido ante mi atención-, algún que otro pub que alberga a todo tipo de gente hasta el final de la madrugada, algún que otro perro que vaga a sus anchas en busca de cobijo. Hace frío, pero he olvidado coger una chaqueta al salir de casa. Y, debería de haberme puesto otras zapatillas, porque las que he escogido no son las mejores para caminar sobre la lluvia; si esta noche no me resbalo, será todo un logro personal.
Desde que he salido del
portal, he sabido perfectamente hacia dónde iba; no debería de hacerlo, pero
necesito ir, quiero verle. Y, no sé cómo va a tomárselo, ni siquiera sé si estará
allí, si me habrá esperado. Suspiro, en un burdo intento de auto consolarme. Me
obligo a creer que todo va a estar bien, y que no se reprimirá contra sí mismo.
Pero, ¿quién sabe? Él siempre ha tenido esa fuerza de voluntad que yo jamás
alcanzaré a tener.
Llevo más de una hora
caminando, y el recorrido se me hace eterno. Aún así, ya casi estoy. Venga,
María, tan sólo un par de calles más. Cierro los ojos, mentalizándome,
intentando ser fuerte; y, tan sólo me atrevo a abrirlos cuando estoy a la
altura de su cancela. Empujo la verja de metal, provocando un desagradable
chirrido que me cala hasta el tímpano. Los galanes de noche que plantamos,
están muertos, totalmente inertes; enredados en las perfectas hileras de hierro
verde que rodean la casa. Y, yo, he sido quien ha provocado eso. Continuo,
sobre las losetas de barro, hasta alcanzar las escaleras. Alzo la mirada, y
compruebo que todas las luces del interior están apagadas. Sacudo la cabeza,
negándome a mí misma el pensar en la idea de que no esté, ya que también puede
estar dormido; ¡por Dios, son las cuatro de la mañana! Remuevo la tierra
mojada, dentro del macetero junto a la puerta, y saco la llave escondida, la
llave de emergencia para cuando se nos olvidaban. La cerradura está oxidada, y
eso me provoca una sensación interior de malestar. Me apresuro a entrar, y a
cerrar la puerta tras mi paso.
Vuelvo a cerrar los ojos
y aspiro el olor de la estancia. Huele a Jack, y eso me provoca un subidón de
adrenalina en la piel. Casi siento desfallecer ante semejante golpe de
recuerdos; las noches de frío, de miedo, acurrucada sobre su pecho. Todo está
en completo silencio, ordenado de forma espectacular -y bastante increíble por
parte suya-. Alzo la mirada hasta la cocina americana, mientras que mis dedos
se deslizan por la columna que hay en el centro de la habitación. Echaba de
menos el tacto del gotelé. Me oigo respirar, el sonido que produce el
parpadear, cada paso que doy, y eso termina por ponerme nerviosa.
- ¿Qué haces aquí?
Me volteo tan rápido, que
llego a marearme. La luz del pasillo de la planta de arriba está encendida,
iluminando hasta el final de las escaleras -al conectar con el salón-. No le he
escuchado bajarlas. Mis pupilas se dilatan, poniendo a punto todos mis
sentidos. Mis cuerdas vocales se congelan, y mi mente se paraliza. El corazón
me da un vuelco, tras esa simple pregunta reproducida por su quebrada voz. A mi
sonrisa le da un tic nervioso, y no sabe si dibujarse o si esconderse. Está tan
confundida como yo. Baja los dos últimos peldaños, y se para a unos metros de
mí.
Le observo,
detenidamente, como si le estuviese analizando. Está descalzo, vestido tan solo
con un pantalón gris. Su cuerpo, desnutrido, se asemeja con el de un chico
escuchimizado de quince años, más que con el chico de los Lakers por el que
perdí la cabeza; aunque lo nuestro fuese más allá de lo físico, más allá de la
vista. El azul de sus ojos está triste, y bajo éstos hay formadas unas notables
ojeras que resaltan ese color tan añejo. Tiene el pelo alborotado, y un poco de
barba en su cara, arañazos en sus brazos y los nudillos ensangrentados. Se
muerde el labio por dentro y me mira desde arriba hacia abajo; desde luego, yo
tengo bastante mejor aspecto que él. Mordisquea la uña de su pulgar, en un
involuntario gesto nervioso, y me pica en la mirada, de esa forma tan atenta
que puede llegar a asustarme.
- ¿Te has cansado de ser
feliz? ¿Tan masoquista eres que me necesitas en tu vida? -Murmura, escondiendo
las manos en los bolsillos del pantalón.
- Yo… -Intento responder,
quebrándoseme de nuevo la voz. Doy un paso hacia delante, con la suficiente
confianza, traspasando la barrera de su espacio personal.
- No. -Niega, alzando el
dedo índice hacia mí, haciéndome retroceder unos centímetros.
Ni siquiera sé por qué me
molesto en hablar, él ya sabe lo que voy a decirle; siempre lo sabe, como si
pudiese leerme el pensamiento. Nunca me he parado a pensar cómo es que solo él
consigue calmarme, por qué me conoce tanto si casi nunca hablamos de nosotros,
cómo sabe lo que voy a decir. No es que me asuste, ni siquiera me preocupa;
creo que lo veo más como una curiosidad, aunque sea ciertamente siniestro. Y,
entonces, es cuando me preparo para aguantar todo el chaparrón que va a caerme
en milésimas.
- No odio echarte en cara
que ya te lo dije, es más, me produce una satisfacción indescriptible. -En su
cara se va dibujando una especie de tétrica mueca, pretendiendo desembocar en
una sonrisa.- Te dije que eso no estaba bien, que era un error, que te ibas a
arrepentir. Y, tú, hiciste caso omiso. Ahora, mírate… María, ¡mírate! Jamás te
había visto tan hundida, tan destrozada. ¿De qué vas vestida? ¿Qué te has hecho
en la cabeza…? Por Dios, han jugado contigo como si fueses una puta marioneta,
pero, ¿sabes? Te lo mereces. Te lo mereces porque yo te avisé, te dije desde un
momento lo que pasaría; y tú seguiste a tu bola. Te creíste las mentiras que te
decían, que te escribían. Te las tragaste como si fueses gilipollas. Joder,
¿cómo has sido tan ingenua? ¿Es que no has aprendido nada en todos estos años?
¿Por qué no me escuchas cuando te hablo? Apréndete la lección de una maldita
vez. No debes confiar en nadie, más que en ti misma, ni hablarle a la gente de
tus problemas, ni de tus secretos. No todo el mundo es tan… tan como tú; tan
bueno. Tú no eres como el resto, tú estás mal. Estás enferma, y necesitabas una
dosis diaria de egocentrismo que no te has suministrado durante casi dos años. Y,
¿sabes qué es lo peor? Que mientras tú te autodestruías creándote un mundo de
fantasía, perfección y matices bonitos, yo iba perdiendo mi alma y no podía
hacer nada para ayudarte. Y, ahora estás aquí. ¡Púm! De golpe, y sin previo
aviso. ¿Para qué has venido? ¿Para hablar? ¿Necesitabas hablar? ¿Eh? Tú y yo no
hablamos, a ver si te enteras de que yo no soy ninguno de tus amigos, de que no
puedes prescindir de mí. Es más, tienes suerte de depender de mí, porque no sé
qué coño estarías haciendo ahora mismo si no fuese por la necesidad de verme.
Oh, no, claro. Espera. Sí que lo sé. Últimamente has pensado mucho en ello,
pero eres tan cobarde que no te atreves a hacerlo.
Cuando quiero darme
cuenta, mi espalda ya se ha dejado resbalar por la pared hasta caer el suelo,
tengo las manos presionándome fuertemente los oídos en un burdo intento por no
escucharle; pero su voz se cuela en mi cabeza, retumba en mis neuronas, y me
está empezando a provocar migraña. Lo más jodido de todo esto es que lleva
razón, siempre la lleva y no puedo negarlo; odio que sea así, que sea yo la
equivocada. Y me siento mal, porque ahora es él el que está enfermo y apagado.
Antes era él mi medicina, quien curaba mi locura, quien calmaba mi
hiperactividad y dormía al monstruo que llevo dentro de mí. Tengo la mente
totalmente en blanco, observándole como se pone de cuclillas y se me acerca.
Algunas lágrimas recorren mi mejilla, queriendo escapar, fundiéndose con la
piel de Jack al limpiarlas con el dorso de su dedo índice.
- Lo… Lo siento. -Hipeo
como puedo, evitando quedarme en blanco otra vez.
- Cállate. -Susurra,
atrayéndome por la cintura y envolviéndome entre sus finos brazos.
Hacía mucho que no me
sentía tan bien, había olvidado lo que era abrazarle, lo que era que me
abrazase. Cierro los ojos, mientras que me aferro a su nuca, y escondo la nariz
sobre su marcada clavícula. Recuerdo que eché a lavar toda mi ropa, nada más
salir de su casa, para borrar su olor y empezar de cero; pero, no puedes
pretender echar a andar y no mirar hacia atrás, cuando una importantísima parte
de ti misma ha quedado allí encadenado. Me he obligado a regresar y, tras
comprobar que no había llave para deshacerme de sus grilletes, he decidido
estancarme a su lado.
Los rugidos de su
estómago interrumpen mi monólogo interior. Se deja caer de rodillas frente a mí
y se lleva una mano hacia el abdomen. Al estar más cerca, puedo observar con
más detenimiento su rostro demacrado, las ojeras y las finas arruguitas bajo
dichas marcas. Deslizo mi atención por su cuello, como si estuviese haciendo un
tour por su cuerpo. Sus notables clavículas, se marcan a la perfección bajo la
consumida piel; al igual que las finas costillas. Me da repelús verlo así, y
saber que está tan esquelético por mi culpa.
- Tú eres mi único alimento.
-Se adelanta, antes de que yo pueda sugerirle que coma algo.
Llevo media hora
mirándole embobada como duerme. Tiene las manos metidas bajo la almohada, y la
mejilla apoyada sobre ésta. Respira tranquilo, y es por ello que me da la
sensación de que no ha dormido en meses. En muchos meses. Tan sólo nos separan
unos centímetros, y eso me permite contar las diminutas pecas que tiene en el
tabique nasal; nunca me había fijado en ellas, y son de lo más graciosas. Le dan
aspecto de ser un crío, aunque sea bastante más mayor. Mi mano se deja caer
sobre su nuca, provocándole una suave caricia con el dedo pulgar. El índice se
deja deslizar -después- sobre el relieve que dibuja su espina dorsal, como si
ésta quisiese salir al exterior y notar el aire fresco.
- Deja de torturarte. -Me
pide, con esa voz soñolienta que tanto me duele oír.
Su mano busca a ciegas la mía y, cuando consigue atraparla, entrelaza sus dedos con los míos y las esconde bajo la almohada. Deposita un suave beso sobre la punta de mi nariz, a la par que la arrugo mientras que esbozo una tímida sonrisa. Y, entonces, decido que es hora de despertar y volver a la realidad. Y, el golpe es menos doloroso cuando compruebo que Jack ha vuelto.